Archivo para relato

Réquiem por un empresario andaluz

Posted in Crítica urbana, crónica, literatura, Málaga, Uncategorized with tags , , , , , , , , , , , , , , , on junio 15, 2011 by Profesor Cicuta.

I. Semblanza del propietario

El patrón es malagueño de pura cepa. Le gusta comer, dormir y follar como al que más. Ha tenido varios hijos con varias mujeres y sigue sumando. Enamorado de la buena vida, su máxima aspiración no es otra que producir mucha plata con el culo pegado al cuero del sofá, el mando a distancia en ristre y embriagado en buen vino dulce.
Pepe es obeso, como un rinoceronte drogado y sin remordimientos. Nada le impide atraer mujeres sin mucho seso a su vera: abejas que acuden al olor de la rica miel. En Málaga, si manejás bien la billetera, te invitás a espetitos, conchitas finas y algunas botellas de Diamante, tu campeón no tiene por qué preocuparse; podrá dormir a gustito, húmedo y caliente.
El oro siempre ha sido un gran negocio, si bien hace unos años la plata estaba escondida bajo el ladrillo. Hoy tenés que vender oro; son las leyes del mercado en quiebra. De este modo Pepe se saca sus cuartos, pero nunca es suficiente. Los viajes a islas paradisiacas, el BMW, el apartamento en Pedregalejo, la mujer, la amante, los hijos de la mujer, los hijos de la amante y un largo etcétera. Qué querés chico, la dolce vita no se paga sola y cultivar gustos refinados requiere su feria: Es el eterno reto de los señores propietarios.
Pepe es sin duda un empresario aguzado: El castellano está en alza; los pinches guiris quieren aprender el español. Málaga tiene playa, tiene fiesta, tiene sol. Montar una escuela podría generar mucha pasta. Y como todas las ideas simples, funcionó. En los años de bonanza se puede vender cualquier cosa; habiendo parné, la plebe lo compra todo: Calcetines para las orejas, pantalones reversibles color fucsia, cursos de idiomas impartidos por máquinas, monos fumadores o camisetas con olor a humedad… La escuela cuajó como podría haber cuajado un puto prostíbulo, o un circo de pulgas. Pero el mérito es siempre del gobierno liberal, del infalible sistema y de la incuestionable perspicacia de Pepe el patrono: Todo cabeza.
Manual de uso: Pague seis euros la hora a los profesores, aloje a los alumnos en zulos y saquee sus bolsillos haciéndoles pagar las fotocopias; cinco mil euros por mes para la saca. Pepe es un empresario de éxito en la cresta de la ola capitalista. Pero, ¡ay!, el capital se comporta como una femme fatale y te abandona el día menos pensado. Las vacas se desinflan; Pepe no.
Año 2011 de nuestro señor: Pepe está más gordo, más tonto y más calvo. Es hora de aplicar los milenarios conocimientos del empresario andaluz transmitidos de padres a hijos desde los gloriosos años del caudillo: ¡Arriba España!

II. El negocio redondo

Pepe quiere vender la escuela. La compra-venta de oro va viento en popa a toda vela. El caduco hipopótamo se ha cansado ya de bregar con agencias, buscar alojamientos, pagar a profesores y acreedores varios. La crisis impone su imperio. Trabajar siempre ha sido de pobres y Pepe no lo es, o al menos no lo aparenta.
Pepe no quiere renunciar a la escuela. La compra-venta de oro zozobra. El buda sin karma está cansado del trabajo de gestor pero no tiene otro asidero. Las deudas se acumulan, la mujer huye, la amante ignora el percal y se convierte en la primera dama. El orondo genio de la lámpara delega poderes en sus históricos –dos maestros del idioma de mediana edad que llevan varios años sin ver un duro–; la academia mantiene sus servicios; los alumnos comienzan a llegar de nuevo; con cuentagotas.
Pepe ha vuelto a la escuela, sin otro motor para su bolsillo. El náufrago está, si cabe, más perdido todavía que cuando tenía treinta años y se comía el mundo, a las suecas, los espetos, los langostinos y cuatro kilos de mejillones: Más cebado y más acémila; con más hambre, menos ganas de coscarse y prendado del lujo y el boato; pura Málaga cañí.
Pepe tiene un método infalible para triunfar en los negocios. Los empresarios invierten, arriesgan su monedero. Luego obtienen sus beneficios –siempre poco, muy poco–. De éstos hay que empezar a restar los gastos fijos: sueldos de empleados –hijos de mala madre, querer cobrar por el trabajo–, mantenimiento de instalaciones, acreedores varios, luz, alquiler del local, etc. Si obtenés diez mil, pongamos por caso, de beneficio, hay que empezar a restar y al final, qué te queda: Una mierda como el sombrero de un picador. Ni tenés para el auto, ni para el restaurante, ni para Ibiza, ni para champaña, ni para un carajo. Las mujeres dejan de sorberte el glande y Pepe es un osito triste.
Invirtamos el proceso pues: El empresario avezado del sur invierte su plata, pero lo mínimo. Se lucra, cuanto más mejor –Adam Smith era un sabio–. ¿Cuánto es lo que necesito para mi vida desenfrenada? Tres, cuatro, cinco mil euros. Tomalos, sin que te tiemblen las carnes fláccidas. Ya se pagarán las deudas, algún día –o no–. Es que los empleados no cobran sus horas –la esclavitud resolvería el problema del paro–; es que nos cortan la luz –que los profesores y alumnos traigan velas–; es que la fotocopiadora no funciona –las copias se hacen en casita o a mano–. No hay Internet, ni papel higiénico, ni limpiadora, ni rotuladores, ni… Ni alumnos, ni profesores, ni academia.
Pepe lloraría desconsolado sobre el hombro de otros empresarios andaluces. El gobierno debería ayudarnos, el sistema es asfixiante, reforma laboral ya, despido libre ipso facto, que viva el liberalismo y arriba España una y libre.

III. La ficción parcialmente imposible

Manolo es profesor en una escuela: Un pobre escuincle inexperto escupidito recién del paraninfo. El invierno ha sido duro –hambre, soledad, esclavitud–, pero ha llegado el sol, las flores, la brisa del mar, el estío que con su mano cálida mece una esperanza. El joven ama su idioma, su cultura –a ratos–, la literatura –herencia de sus ancestros–, el arte y, por encima de todo, su profesión. No es mal muchacho; nunca hizo daño a una mosca. Quizá rompiera algún plato, pero no consta en ningún registro serio.
Manolo es un maestro del idioma, escribidor, diletante poeta, frugal en sus vicios y aficiones. Comparte un loft, paga religiosamente su alquiler, bebe su cerveza sin moderación alguna y ajusta sus cuentas cual si fuera un mago capaz convertir el pan en cecina. Enjuto, chaparro, algo atractivo pero no demasiado; vitalista con la faltriquera llena, estoico cuando no queda otra, Manuel goza con su docencia como un perro al que quitan pulgas.
Sabido es lo peligroso de trabajar en lo que a uno le gusta; pareciera que no te importe hacerlo gratis. Pero todos tenemos que pagar techo, más o menos cómodo, y vitualla. El futbolista, el actor, el músico, hasta el cura –o el rey– cobran por sus servicios, sean éstos cuales sean. ¿Por qué no habría de hacerlo un profesor de español? Pepe no opina lo mismo. Ignorante de la cultura antigua y de la historia colonial de los siglos precedentes, la morsa gruñe con gemidos de añoranza por aquellos tiempos en los que no era necesario, ni siquiera pertinente, remunerar a los parias por su trabajo.
El negocio hace aguas; mal gobernado, se hunde como el Lusitania. Apenas se ingresan unos miles de euros. Aun así, el tragaldabas con tez de cocho tiene hambre y sed; además ansía ver el fútbol en tele de plasma, y no vivir tan lejos de la playa, y comprar piedras preciosas a su Cleopatra, y comer caviar en una patena de oro.
Pepe mete la mano en el cajón un día sí y otro también; no deja títere con cabeza. Ignora que puede sobrevenir el trance en el que el hambre y la carestía actúen como la luna con el licántropo. Todos llevamos un lobo dentro y con gazuza es si cabe más fiero. Un mes lo puede soportar hasta el más menesteroso, tirando de parentela; dos meses ya se va aflojando la condescendencia; con tres ya no queda más paciencia en el morral. El estoicismo tiene sus límites; hasta Zenón sabía esto.
Manolo ha gastado toda la flema de que disponía. En sus ojos hierve el fuego del infierno; sonrisa torva, rictus de vesania. El oro fastuoso de Pepe inflama su ira contenida durante meses. Las jactancias, las falsas excusas de petimetre cuatrero perfumado de Dolce & Gabbana; las tretas de embaucador, el llanto de un malnacido con corazón de buey. Lo siento, no hay dinero –sólo para mi solaz de elefante sarnoso–. El patrono andaluz sigue las tradiciones de su estirpe: Que trabajen los parias, y por la gorra.
Manolo prepara una jeringa con una dosis letal de insulina. Basta con pillar a la marsopa aletargada tras una copiosa pitanza y nadie jamás sabrá que fue asesinada por un profesor de lengua hispana; sin blanca y en el paro.

Anatolio Cocuyo Carbunco.

Íncubo.

Posted in literatura, Paranoia with tags , , , , on octubre 24, 2009 by Profesor Cicuta.

El profesor Mr. Monmouth puso fin a su clase después de casi dos horas de soporíferas teorías sobre literatura artúrica, que a ningún alumno parecía interesarle en lo más mínimo. Los ojos de los estudiantes se cerraban despacio para volver a abrirse súbitamente con una sacudida violenta de cabeza.

– “Tendrán que entregar el trabajo sobre la figura de Merlín el jueves a primera hora”- sentenció el anciano catedrático de barba amarillenta y figura corva-. “Aquél que no lo entregue en su momento estará suspenso”.

Lorena se precipitó, ahora parecía más despierta, hacia la salida en busca de algún estímulo que la sacara de la ampulosa monotonía universitaria. La puerta del aula se transformó en una suerte de zoco bullanguero y la euforia se apoderó de los más de cincuenta alumnos que cursaban la asignatura de literatura inglesa medieval. Los planes para la noche del jueves se convirtieron en el único objeto de discusión en el campus a esas horas. La sobredosis hormonal de la muchachada era patente y sólo podían centrar su atención los unos en los otros; miradas furtivas, sonrisas, roces y mucha parla, ése era el juego de cortejo en el que casi todos participaban. El instinto animal bullía en sus jóvenes cuerpos adolescentes.

-“¿Sabes si vendrá Bruno a lo de esta noche?- quiso saber Lorena.

– “Que sí, pesada, vendrá” – contestó su compañera Lucía. -“Su novia le montará luego el pollo pero aparecerá, no te preocupes”.

Lorena miraba a su compañera con los ojos vidriosos de congoja. Lucía conocía el sufrimiento que padecía su amiga, que se había enamorado perdidamente de un chaval tan guapo y sexy como arrogante y engreído.

Bruno había besado a Lorena en la última fiesta universitaria y desde entonces la pobre chica no había dejado de suspirar por él, a pesar de ser un chico ennoviado desde hace seis años y con una fama de truhán e infiel conocida por todos aquellos que lo trataban. Bruno poseía una belleza poco corriente pero arrebatadora en extremo. De padre italiano y madre rumana, presentaba las facciones y el físico típico de los naturales del este europeo. El pelo lacio y castaño le caía sobre el lado derecho de su pálida cara. Sus ojos, rematados con largas pestañas, revelaban un  iris aguamarina que cautivaba hasta a las profesoras más vetustas del campus. De cuerpo esbelto y bien torneado su planta era la de un Alejandro Magno dispuesto a conquistar los corazones femeninos más inexpugnables. Si a todo esto le añadimos el carácter latino propio de los napolitanos, el resultado no es otro que el de un hombre cuyo único objetivo en la vida es encandilar a las hembras de su especie: Seducirlas, conquistarlas, amarlas y abandonarlas. Al final, nadie sabía el porqué, siempre volvía al lado de su novia de toda la vida –“la única” como él la llamaba-, la cual le perdonaba todos sus deslices y acababa por otorgarle la última oportunidad; treinta y tres últimas oportunidades en los últimos cuatro años. Quizá ese fuera el único secreto para mantener al lado a un hombre de una belleza divina, y deseado por todos: El indulto.

La fiesta tuvo lugar el jueves a la noche y Bruno no apareció. Se ve que su novia consiguió amarrarlo, al menos por esta vez. Lorena se marchó pronto a casa bastante decepcionada.  Debía empezar a preparar el dichoso trabajo de clase. Sabía que su desazón no la dejaría concentrarse, pero no tenía nada mejor que hacer. Su asistencia a la fiesta dependía sólo de la presencia de Bruno y nada allí era de su interés. Tener la mente ocupada podría ayudarla a olvidar sus cuitas sentimentales.

Incubo 9.0

Incubo 9.0

A Lorena no le gustaba demasiado la literatura medieval, pero de entre todas las asignaturas a las que podía optar, era la menos aburrida, o eso le pareció en un principio. No obstante, ahora se arrepentía de haberla elegido pues el profesor Monmouth no era fácil de contentar. Aparte de no admitir el absentismo bajo ninguna circunstancia y de no permitir réplica alguna tras sus eruditas e interminables peroratas, no dejaba de ordenar trabajos: Uno cada semana; obligatorios para aprobar la asignatura. Luego llegaría el examen y tras él la frustración, ya que el senil profesor tenía fama de muy suspendedor. “Este Monmouth es un hueso, el muy hijode…”, pensaba Lorena mientras ojeaba uno de los inmensos manuales que debía emplear para su ensayo.

“… Merlín fue engendrado por un demonio, concretamente un íncubo, llamado Asmodeo, un espíritu corrompido que se unió ilícitamente con una monja.”

“¿Qué diantres es un íncubo?”, se peguntaba la estudiante, ahora sí, más interesada en la figura de Merlín, el mago más famosos de la historia, hijo de un demonio adicto al sexo con religiosas.

“Íncubo es un demonio masculino (súcubo el femenino), según la creencia popular europea, que mantiene relaciones sexuales con mujeres durmientes sin que éstas puedan evitarlo. La tradición religiosa sostiene que tener relaciones sexuales con un íncubo puede resultar letal para la víctima. Éstas viven la experiencia como en un sueño sin poder despertar de él. Durante la Edad Media ha sido una explicación recurrente para embarazos no deseados”.

Lorena empezaba a interesarse por el asunto del demonio fornicador. No en vano ya contaba con diecinueve años y sus apetitos sexuales crecían en progresión geométrica. Sin embargo aún era bastante inexperta en estas lides; todavía era virgen. Sólo una vez estuvo a punto de consumar una relación con un chico bastante avispado, pero su sentido del pudor, fruto de una estricta educación judeocristiana, la obligó a desistir a pesar de que practicó juegos eróticos que excedían en mucho lo que ella conocía previamente. El deseo llegó a límites insospechados pero ella finalmente renunció al placer y provocó que el muchacho no le hablara nunca más. La convicción haber hecho lo correcto y de que aquel zángano era un cretino la ayudó a superar el trauma. No obstante a veces dudaba de sí misma y sus convicciones. La pasión es a veces un sentimiento demasiado poderoso.

Pensar en el sexo siempre conturbaba a Lorena y aunque no quería desviar su quehacer académico con ensoñaciones impúdicas sintió un irrefrenable deseo de satisfacer sus apetencias en la soledad de su habitación. Pensaba ahora en Bruno, su olor, el sabor de su saliva, joven y fresca; el tacto de su pelo sedoso y límpido; su cuerpo fundido en plata, desnudo bajo las sábanas de su cama. Lorena no pudo reprimir un sordo quejido cuando culeó en su asiento, pues notaba en su entrepierna un ardor que la hizo desistir en su empeño de continuar con el trabajo. Debía volver a la realidad y dejar de imaginar lo que no debía. “Bruno no es para mí” se repetía. Aunque algo en ella la empujaba a desear  con todas sus fuerzas que aquel dios de masculinidad perfecta la poseyera; sólo una vez, o dos, aunque luego le doliera el alma y la culpa minara su mente con el remordimiento.

Ya era tarde y necesitaba descansar. Una ducha fría antes de sumergirse entre las sábanas le haría bien. No estaba dispuesta a caer en la tentación de cometer una falta venial y ensuciar su cuerpo con una práctica que no la beneficiaba en absoluto – al menos eso es lo que les exhortaba sor Teresa cuando estudiaba en el colegio Santa María Purísima-. Se sentía ridícula cuando se dejaba llevar por sus instintos, y aunque la agonía del orgasmo la aliviaba sobremanera, luego la asaltaban los remordimientos. “Qué me ocurre; ¿qué soy una ninfómana?” La ingenuidad de Lorena era infinita, tanto como sus apetitos carnales. El deseo de que un hombre le proporcionara placer la hacía sentirse débil y vulnerable. Sólo la perspectiva de tener un novio formal la consolaba y la ayudaba a esperar la experiencia de su primer encuentro sexual, el cual debía ser perfecto, como en las series americanas. La fantasía del príncipe azul, el caballero andante, el compañero para toda la vida era su único anhelo. Entonces sí, entonces se entregaría por completo al goce supremo y podría ser todo lo obscena que quisiera. Y ya no pararía jamás de hacer el amor, pero siempre con el mismo hombre.

La noche enfrió la atmósfera. Fuera todo era quietud mientras el sueño de Lorena discurría lineal, profundo como el océano, oscuro como el cosmos. Su respiración vibraba al son que marcaban sus incipientes pechos. De pronto algo la hizo estremecer. Sentía, en un sueño pegajoso como seda de araña, que algo le acariciaba bajo la ropa; como un aliento cálido entre sus piernas. No había consciencia en su país de Oz donde la moral no existe, sólo el placer que Morfeo nos regala sin pedir nada a cambio. Así, bajo las sábanas, Lorena se debatía intentando zafarse de un sueño que la atraía profundamente pero que la aterraba al mismo tiempo. La temperatura de su cuerpo aumentaba por momentos y el caudal de su placer empezaba a empapar su ropa interior de manera alarmante.

Las imágenes de su ensoñación comenzaron a tomar forma y pudo comprobar entonces que yacía desnuda sobre un lecho de flores, con su amado Bruno, ataviado con un jubón muy ceñido que pronto abandonó su cuerpo para mostrar su piel platina y aromática. Éste la estimulaba bajo el vientre con sus habilidosos dedos y el placer se tornó tan intenso e insoportable que Lorena no pudo evitar entregar su cuerpo virginal, que ya era tomado sin contemplaciones. El viaje hacía el clímax duró unos segundos, que parecieron horas, y al final un quejido sacudió su alma que se derretía en un placer que no había imaginado que pudiera existir.

Lorena no podía despertar y no deseaba que el sueño acabara nunca, aunque entonces no era consciente de que soñaba. Mas de repente volvió a ver las paredes de su gris habitación y empapada en sudor incorporó su cuerpo para tomar aliento y recuperar la serenidad. Ahora tomó consciencia de lo que había experimentado y aunque estaba recostada en su propia cama, no pudo discernir entre vigilia y ensoñación. Cuando quiso salir del lecho para tomar algo de agua, sintió cómo una mano grande y huesuda la asía de su frágil cuello y la obligaba a adoptar de nuevo la posición horizontal. Ahogó un grito que nadie pudo oír, pues su garganta no emitió sonido alguno. Sólo tuvo la opción de entregarse, sumisa e indefensa, a los deseos de ¿un hombre, un espíritu?, que aunque no era Bruno, poseía un atractivo aterrador e irresistible.

El ser que la violentaba y deleitaba, estimulando todos los rincones de su joven cuerpo, no parecía humano. Su lengua parecía eléctrica y la energía que nacía de ella se extendía desde el monte de Venus hasta los dedos de los pies. La chiquilla no oponía ninguna resistencia aunque su cerebro daba órdenes precisas de resistirse a semejante desenfreno sin límites con un desconocido que ¿era real o imaginado? Por fin, cuando el amante insaciable parecía tener intención de darle un respiro y como si le adivinara el pensamiento, le habló, con una voz de violoncelo, seductora y varonil:

– “Soy tu íncubo, y no puedes hacer nada; sólo entrégate a mí y sé mía por esta noche.”

Aterrorizada, Lorena intentó en vano zafarse de la atracción que el demonio ejercía sobre ella. Pero pronto comprobó que era imposible resistirse a un amante tan seductor y bello como aquél. Deseaba saber si soñaba o todo aquello era verdad, pero el íncubo no volvió a emitir palabra alguna. Y cuando ella quiso protestar, un ariete cálido y jugoso obstaculizó la vocalización inquisitoria de la muchacha. De este modo no pudo dejar de succionar la carne que le robaba el sentido. Entonces la excitación recobró su ímpetu y ya nada importaba más que entregarse al goce supremo que, tras diez orgasmos ininterrumpidos, que parecieron millones, la dejó exhausta para el resto de la noche.

Al día siguiente cuando despertó, se sentía completamente trastornada. Retiró las sábanas y se encontró desnuda sin saber muy bien qué le había ocurrido exactamente. Recordaba su sueño con Bruno y todo lo que siguió después. Mas no sabía si realmente había sido violada en su propia casa, algo poco probable porque la villa en donde vivía con sus padres y hermanos estaba bien protegida, o fue todo fantasía.

No comentó el suceso con nadie ya que la avergonzaba demasiado. Pero sí indagó para saber si alguien de su familia había percibido algo excepcional aquella noche.

-¿Por qué lo dices, cariño? – preguntó su padre algo distraído -. ¿Tú has notado algo extraño?

Lorena faltó ese día a clase porque no se encontraba demasiado bien. Tenía algunas décimas de fiebre y presentaba un aspecto bermellón en las mejillas que preocupó a sus padres. Aprovechó entonces para retomar su trabajo sobre Merlín e investigar más acerca de los íncubos y sus acciones; se estaba volviendo loca si creía que su experiencia nocturna respondía a la acción de un íncubo. La existencia de los demonios que violaban vírgenes no pasaba de ser una leyenda medieval, fruto de la mentalidad timorata y fanática del medievo. ¿Qué había ocurrido entonces?

Cuando quiso tomar una ducha comprobó, además, que sus labios estaban algo irritados y eso sólo podía deberse a una cosa.  ¿Había sido tomada realmente por un íncubo? Jamás lo supo con certeza. Pero todo apuntaba a que así fue.

Los días pasaron y Lorena volvió a la normalidad. Pero nunca dejó de pensar en su gozosa experiencia onírica, o real; ya no le preocupaba su naturaleza. Sea como fuere, Lorena dejó de sentir esa inseguridad y recelo respecto al sexo. Lo único que deseaba con todas sus fuerzas era experimentar el sumo deleite de ser poseída a todas horas y en todo momento. Y esta vez no por un hombre sólo.

El loco. Khalil Gibrán. جبران خليل جبران

Posted in literatura, Paranoia, poesía, Uncategorized with tags , , , , , , , on diciembre 11, 2008 by Profesor Cicuta.

Me preguntáis como me volví loco. Así sucedió:
Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras, sí, las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado y que llevé en siete vidas distintas; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:
– ¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!-.
Hombres y mujeres se reían de mí y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:
-¡Miren es un loco!-.
Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro y mi alma se inflamó de amor al sol y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance grité:
-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!-.
Así fue que me convertí en un loco.
Y en mi locura he hallado libertad y seguridad: la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.
Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.
Khalil Gibrán. El loco.

暗殺者.

Posted in Crítica urbana, crónica, Paranoia with tags , , , , on diciembre 4, 2008 by Profesor Cicuta.

A mediados de noviembre da mucha pereza salir a la calle; el frío invade la ciudad con saña y la lluvia insiste a diario con su monótona cantinela incómoda y húmeda. Entre las cuatro paredes del dormitorio me siento protegido de la cruel intemperie.

Mas no sólo son las inclemencias climatológicas las causantes de que decidiera abandonar el mundo exterior para vivir encarcelado en mi propia casa. Ha sido, por así decirlo, una decisión premeditada, producto de un proceso que se gestó durante algunos meses en los que fui vislumbrando poco a poco la execración e iniquidad del mundo en el que me había tocado vivir. Al principio no quise admitir la realidad. Intenté seguir sonriendo, mostrándome alegre e integrado con los “amigos”, vistiendo a la moda y saliendo los fines de semana para presentarme en sociedad como un hombre normal que hace lo que se espera de él: trabajar, ganar plata, beber, follar y vivir a tope. Así, tomaba y fumaba mariguana como todos los demás (o más que los demás), fornicaba con las féminas frívolas y sin cerebro que conocíamos cada noche y trataba de que transcurriera la vida como había transcurrido hasta ahora; como debía ser y nada más.

Sin embargo algo estaba germinando en mi interior que no podía entender. Miraba en derredor y sólo percibía abominación, crueldad y ponzoña. La faz de mis congéneres tornábase aviesa y amenazante por momentos, y no creo que fuera la causa la ingesta de espirituosos o la inhalación de alcaloides, que solía consumir en cantidades industriales. Sin duda así lo pensé al principio. Quizá mis neuronas me estaban dando un toque de atención; -“eh, Fitipaldi, para ya el carro que se te va a infartar el cerebro”-. El caso es que cada vez más a menudo me sentía desorientado y aterrado, de repente, sin previo aviso. Cuando me invadía semejante ataque de pánico, me esfumaba sin mediar palabra, sembrando el desconcierto entre mis camaradas de farra, que por otra parte tampoco se preocupaban en demasía por mi paradero. – “Se habrá enganchado con una guarrilla” -.

Entonces, de un día para otro, decidí abandonar la vida nocturna, dejé de frecuentar los locales de moda y cercené mi vida social de un plumazo. Reduje severamente el consumo de cannabis y alcohol, y aposté por una vida algo más saludable. Sólo consumía un hachís muy suave, en pequeñas dosis, que había conseguido en el barrio árabe, a muy buen precio (al menos mucho más barato que la mariguana de última generación que me proporcionaban mis compañeros de juerga y que ellos mimos cultivaban). Deduje que el THC concentrado de aquella potente maría, alterada genéticamente, fuera quizá la causa de la psicosis que me atormentaba cada noche.

Quise convencerme de que me encontraba mejor, y de hecho así me sentía en algunos momentos del día. Comencé a comer alimentos de mejor calidad, a beber menos y a fumar lo justo para evadirme de mis tribulaciones, cuyo origen no acertaba a discernir. Dormía entre ocho y nueve horas al día y hacía mucho ejercicio: correr, nadar y entrenar algunas horas en el gimnasio. Pero la ansiada mejoría no acababa de llegar del todo. Lejos de producirse mi anhelada recuperación, comencé a empeorar de súbito y a sentir que la casa se me derrumbaba cuando permanecía en ella demasiado tiempo.

Durante la noche salía solo a buscar el calor de una hembra, o varias, y me daba cuenta de la podredumbre que me rodeaba; vivíamos en la inmundicia y el exceso, del que yo había disfrutado antaño tanto, pero que ahora me producía una repugnancia atroz.

La turba de jóvenes y no tan jóvenes bebiendo en las calles, ajenas a todo lo que no fuera la búsqueda de la embriaguez, me producía arcadas, aun cuando yo llegaba a beber más que ellos. Los vómitos, orines y desperdicios que adornaban las calles me inspiraban una sensación apocalíptica, como de película de terror ambientada en el Londres del siglo XIX.

Todos iban disfrazados, aparentando solvencia y éxito en la vida, encantados de haberse conocido; toda la patulea de descerebrados risibles, buscando el reconocimiento ajeno a través de su atuendo y poses estúpidas de petimetres malcriados y estultos; todas las pandillas de derrochadores de euros ajenos y propios vagando por el mundo, ensuciando con su parla la dignidad propia y ajena; no era más que una pugna de egos que nadaban en la noche en busca de fama, sexo, dinero y popularidad.

Qué me dicen de la manada pijas que balan su estupidez y vacuidad por los pubs de moda del centro urbano, enseñando impúdicamente sus carnes, publicitando su cuerpo, siempre en venta para quienes puedan pagarse un coche, ropa cara, drogas y alcohol. Maniquíes insensibles, ataviadas con pañuelos palestinos de boutique, camisetas de “Los Ramones” o el Ché Guevara, compradas en Mango, intentando aparentar una rebeldía que sólo conocen de oídas y que sólo pueden exteriorizar con tópicos y clichés.

Los hombres, como auténticos pavos reales, tratan de atraer a las hembras con el volumen de sus autos, en los que suenas melodías sintéticas, enlatas, frías como máquinas, frías como lo son ellos y ellas, inmersos en la ceremonia del galanteo, fútil y artificioso. Así, el auto, la indumentaria, la pose y el dinero actúan como lo haría la melena del león para atraer a las hembras para la cópula, o las plumas del pavo real en el cortejo animal.

Mientras, los desheredados hurgan en los contenedores de basura en busca de abrigo, alimentos o alguna baratija por la que sacar unos cuartos. Apostados en las puertas de los supermercados, esperan las sobras que los ricos no van a consumir, productos de caducidad perentoria, que aliviarán el hambre voraz que los arrastra a la calle y la inmundicia. Sin trabajo ni rumbo definido, fuera de la maquinaria consumista que es el combustible del mundo circundante, ese cigarro nocivo pero placentero que parece que se va a acabar de un momento a otro.

Sus caras reflejan el desconcierto de unas vidas que a priori iban a ser aprovechadas hasta alcanzar cierta plenitud, pero que luego se torcieron en dios sabe qué momento y por dios sabe qué causas. Su hediondez y la visión de sus cuerpos exánimes y mugrientos lastimaban mi integridad, y me dan ganas de huir lejos de semejante cuadro dantesco. No quiero sentirme culpable, hoy no, ni mañana, bastante tengo ya con mi vida. Cada uno tiene sus problemas. Con unas cuantas monedas me sentiré mucho mejor; tome usted y a otra cosa. Era lo más que podía hacer por ellos.

En los pubs el ambiente se tornaba irrespirable por momentos, a pesar de la algarabía y la eterna celebración de la vida y sus placeres. Me costaba entablar conversaciones medianamente coherentes con las féminas que escrutaban mi atuendo no demasiado “cool”, pero que atendían mis requiebros con la esperanza de conseguir alguna que otra raya de cocaína o unas copas gratis. Si bien últimamente no estaba cuidando demasiado mi aspecto, el dinero que nacía de mi cartera, como por arte de magia, encendía los deseos de aquellos vampiros encerrados en cuerpos de mujer, sibilinos e hipócritas. Gastaba más y más, bebía a raudales y las mujeres ya no me veían tan desharrapado; me amaban por mi dadivosidad y eso es más de lo que muchos pueden conseguir hoy día.

De cualquier modo, me enervaba todo aquel espectáculo y necesitaba sentarme a cada instante, incapaz de soportar el tumulto, el rumor de la multitud encajonada en aquellos antros donde solía sentirme, si no feliz, al menos no tan desgraciado.

¿Qué me ocurría? ¿Me estaba volviendo un demente sin que pudiera hacer nada para evitarlo? Algo se había activado en mi psique, como un resorte, alguna pieza había saltado dentro de mi cabeza y me sumía sin remedio en una espiral de delirio absurdo y nefando. Estaba teniendo algo parecido a una epifanía, una revelación divina que me sumía en un completo infierno; el mundo estaba podrido, yo estaba podrido y la vida, propia y ajena, no tenía ningún sentido.

Todo el tiempo deseaba volver a mi casa y no ver a nadie en semanas. Estaba empezando a odiar el mundo que me rodeaba, lleno de adictos al consumo, la televisión, la pornografía, la droga y la violencia. ¡Ah sí, la violencia! Esa prima hermana de la ira, hija del odio, engendradora de muerte, dolor y sufrimiento; la higiene del mundo, la guerra.

No podía evitar la tentación de caer en el odio más irracional. Odiaba con avaricia y desesperación. Me odiaba a mí mismo incluso y odiaba todo y a todos los que me rodeaban: a los grandes almacenes y sus dependientes petulantes e interesados, los bares infectos, la gente nauseabunda y ruin, los coches, su música infernalmente jovial y sus motores ensordecedores, la polución, el humo del tabaco, la mugre adherida a las calles lóbregas y penumbrosas, contaminadas de seres abyectos, egoístas e insolidarios, como lo era yo.

Mi mente urdía planes malignos. Quería sentir el placer de matar, robar y violar a alguien que lo mereciera de verdad. Pero debía contenerme. No podía convertirme en un criminal, que a buen seguro sería juzgado sin piedad por esta sociedad inmunda y cruel. ¿Debía quedarme en casa para refrenar mis impulsos homicidas? No, aquella no era la solución; estaba seguro. Necesitaba ayuda; un psicólogo, un psiquiatra, un curandero o un gurú, alguien que me sacara del pozo de inquina en que me estaba ahogando; algo que curara mi demencia, que se hacía patente cuando miraba mi imagen en el espejo.

Acudí pues al mejor médico de la ciudad, en el barrio rico, allá donde los limoneros arropan a los acaudalados y les protege de la miseria humana en caserones majestuosos y opulentos. Había estado sufriendo mi locura durante meses, pero en los últimos días estaba al borde de la desesperación, a punto de consumar un crimen que, ora rechazaba asqueado, ora deseaba cometer fervientemente. Necesitaba un eficaz lenitivo para la enajenación que me consumía las entrañas y martilleaba mi cerebro. No oía voces si es lo que pensáis, sólo el ronroneo de mis pensamientos que aborrecían el cosmos y todo lo que contenía. Necesitaba vengarme y luego desaparecer sin ser penalizado por ello.

El médico era un viejales muy campechano, de risa fácil, grueso, de pelo gris e hirsuto, y mirada franca. Un hombre feliz y satisfecho con su vida; todo lo contrario que yo.

– “Usted sólo padece estrés, mi querido amigo”- sentenció el doctor lumbreras después de oír mis nimios problemas de pijo malcriado. Siete años de estudios, viajes al extranjero, un máster en psiquiatría y neurología y dios sabrá que más, y el muy cretino sólo veía en mi delirio asesino y suicida un síndrome de estrés.

– “¿Estrés, dice? ¿Por qué?-.

– “El trabajo quizá, algún problema familiar, económico o conyugal. ¿Perdió usted un familiar recientemente? Dice que vive solo. ¿Se siente sólo?”-.

Vaya chufla. Cien euros de consulta para esto. Que tome estas pastillas milagrosas, que vuelva en unas semanas y a ver qué tal me encuentro entonces. Quizá si le hubiera contado que deseaba asesinar a alguien para luego desaparecer hubiera atinado con un tratamiento más expeditivo y eficaz, mas me arriesgaba a inquietarlo y quién sabe si hubiera llamado a la policía para que me ingresaran en una institución mental. El doctor tenía razón, sólo un poco de estrés y nada más.

-“Con este tratamiento empezará a sentirse mucho mejor; ya lo verá”-.

Salí del loquero más encabritado que de costumbre pero intentando convencerme de que el médico llevaba razón, más por una cuestión de autosugestión que porque lo creyera realmente. Fui a la farmacia a adquirir medicamentos y alguna otra cosa que me hacía falta. Llegué a casa, cené, me duché, me vestí y salí con la cartera repleta de euros a buscar chicas a pares para una noche de orgía etílica y sexual. Iba a curarme de toda esta psicosis que me derretía el cerebro. Necesitaba relajarme, mirar el mundo con otros ojos, divertirme, disfrutar de la belleza femenina y, sobre todo, no olvidar tomar la medicación que el buen doctor me había prescrito.

En el pub El Andén había una cola inmensa, sembrada de faldas cortas, escotes escandalosos y un cacareo que me retumbaba en los tímpanos y enervaba mi ánimo, aunque yo intentaba contenerme y los ansiolíticos parecían hacer su efecto. Aquella noche quería celebrar que podría no estar loco, que sólo padecía estrés, algo normal en un comerciante, número uno en ventas de televisiones de plasma y deuvedés. No podía haberme convertido en un demente, no había motivos. No era uno de aquellos pajilleros enganchados a las consolas y a internet que aliviaban sus apetitos a través de la pantalla de su ordenador. No era un perdedor; tenía trabajo, ganaba dinero, podía tener mujeres a porrillo, amigos (o algo parecido), éxito (o su sucedáneo). Aquella noche iba a emborracharme hasta morir, (aunque el médico me aconsejó que no bebiera bajo los efectos de la medicación), seducir a dos guarrillas cocainómanas y fumadoras de grifa y montar una bacanal en mi piso sito frente al mar. Me estaba curando, o eso pensaba; volvía a ser el de siempre.

La cola de la puerta se encogía ante mí como el pene de un abuelo en invierno. Atrás se cumulaba una patulea de retrasados mentales a la espera de su turno para ingresar en el paraíso del placer y el desenfreno. Pronto llegaría mi turno para entrar en él; mi recompensa, la entrada al vergel que me sacaría de la depresión.

Aquella noche no me había esmerado demasiado en mi vestimenta, aunque llevaba camisa y americana. Los vaqueros raídos me daban un aspecto desaliñado cuyo colofón lo daban mis zapatillas de deporte, mi pelo revuelto y la barba de tres días. Todos los que me rodeaban, en cambio, vestían sus mejores galas para la ocasión; trajes de chaqueta y vestidos de quinientos euros: Victorio y Lucchino, Dolce & Gabbana, Prada, Gucci, Tous y toda esa vaina.

A mi alrededor todos parecían felices pero se notaba que algo no acababa de funcionar en sus vidas frívolas y artificiales. Parejas que ni siquiera se miraban ni mediaban palabra alguna entre sí; grupos de amigos con las llaves de sus respectivos coches a la vista (sobre todo el llavero con el emblema de Audi, Alfa Romeo o Mercedes), para impresionar a las putillas anoréxicas y llenas de complejos que congelaban sus carnes ateridas mientras sonreían al gorila de la puerta, muy imponente él, inflado de esteroides y horas de gimnasio para desempeñar su tedioso e inútil trabajo de cancerbero acémila sin cerebro.

Frente a él, saqué los billetes de euro que me darían luz verde para ingresar en aquel antro de hedonismo y lujuria. Su olor a sudor mezclado con colonia barata no podía menos que darme náuseas y no pude reprimir una mueca de asco que no me esforcé en disimular. El mostrenco me miró impasible y alzó su brazo como si saludara el mismísimo Führer.

– “Usted no puede pasar señor, es una fiesta privada”, me escupió el humanoide sin mirarme directamente a la cara-.

– “Conozco al dueño y vengo aquí siempre, mi nombre es Álvaro, pregunte dentro”-. Traté de reprimir la furia tórrida que me abrasaba el pecho.

Mantuve la calma en todo momento mientras fijaba mi mirada en sus pupilas de neardental involucionado en señal de desafío; ya me había repasado el atuendo de arriba abajo por segunda vez y ahora fue él quien mostró el desagrado que le inspiraba mi presencia.

– “No puede pasar, es una fiesta privada”, repitió como un contestador automático-.

Mientras el “terminator” dejaba pasar a un rebaño de actrices porno amateurs que reían distraídas y saludaban alborozadas a la masa de carne, él seguía repitiendo su letanía como una máquina programada: “No puede pasar, es una fiesta privada”.

– “¿A ti que te pasa “robocop”? Debes ser nuevo; me llamo Álvaro, soy amigo de Íñigo, hace tiempo que no vengo pero le conozco; venga, déjame pasar y déjate ya de tonterías.

Estaba intentando mantenerme frío y sereno, pero el saco de carne prieta con mirada gélida me paró en seco con su manaza, que parecía una raqueta de tenis, cuando intenté en vano atravesar el umbral de la discoteca.

-“¿Dónde vas capullo? No vas a pasar te digo; no sé quién eres ni me importa un carajo, pero no me gusta ni tu pinta ni tu cara de pardillo. Si no te largas te arranco la cabeza ¿me has entendido? Ahora, tenga la amabilidad de dejar el paso libre a estas señoritas si no quieres sufrir un accidente”.

– “¿Un accidente? Tú eres tonto, maldito pedazo de carne pútrida”-. Mi furia crecía inmisericorde dentro de mi psique enajenada.

Intenté apartar de un manotazo sus zarpas de oso grizzli pero mi fuerza era ínfima comparada con la de aquel fenómeno de la naturaleza de metro noventa y cuello de toro.

– “Tú eres imbécil, chaval; deja de joderme y…”.

Sería las drogas que me anulaban el entendimiento y la capacidad de percibir el peligro. El armario que custodiaba la puerta y me impedía el paso me sacaba al menos dos cabezas y pesaba el doble que yo. Aun así me envalentoné pretendiendo desafiar a ese Goliat que podía arrugarme como el papel de orillo si se lo propusiera. Sólo se limitó a cogerme de la chaqueta mientras yo braceaba a un metro del suelo y lanzó mi cuerpo sin dificultad al otro extremo de la acera ante la atenta mirada de los transeúntes, de los cuales pude percibir algunas risas y voceos, causadas sin duda por la suerte que había sufrido mi cuerpo de alfeñique después de estrellarme contra el suelo.

-“No me toques hijo de puta”-, gritaba mientras el lanzador de pesos me preparaba para el despegue.

Pude levantarme a duras penas, pero antes de sentirme recuperado del todo me abalancé furioso sobre la bestia, sembrando el terror entre los que esperaban en la fila de entrada a la discoteca.

Todo ocurrió muy deprisa. En cuestión de unos minutos me vi corriendo a toda velocidad por las calles, con la ropa manchada de sangre, de mi sangre, la nariz rota, los ojos hinchados y un dolor brutal en el abdomen que convertían mi huida en una carrera a ciegas llena de ráfagas luminosas y rostros desencajados.

El mastodonte me había propinado varios golpes, después de que yo intentara en vano hacerle algún daño con mi raquítico puñito de liliputiense. El gorila era como un bloque de cemento; ni se inmutó cuando intenté derribarlo con un segundo golpe en su rostro. A cambio me deleitó con un puñetazo en la nariz, seguido de otro en la barriga.

Desde el suelo lo vi desfilar de espaldas sonriendo a sus fans, camino de su puesto de trabajo mientras llamaba con el móvil a alguien, ¿la policía quizá, refuerzos? Aproveché su descuido, cuando miraba al frente para comprobar la impresión que había causado su actuación a la concurrencia, para levantarme, a pesar del dolor, y de un salto, jeringuilla en mano, inocularle en su yugular una dosis de aire letal, suficiente como para matar a un orangután.

A pesar de conseguir mi objetivo, recibí un codazo en la mandíbula cuando el gigante intentaba repeler mi embestida. Tras caer al suelo me incorporé como si tuviera un muelle en las piernas y comencé a correr justo cuando las sirenas de la policía empezaban a irrumpir en aquel caos que se había organizado. Antes de escapar pude ver a aquella torre infranqueable, convertida en un ser humano indefenso, al borde de la muerte, con la jeringa clavada en su cuello mientras chillaba improperios como un guarro en un matadero. Era cuestión de minutos que muriera indefectiblemente de un paro cardíaco.

Al final de mi carrera pude esconderme entre unos contenedores, no sé si suficientemente lejos del lugar del incidente, hasta que hubo pasado el quilombo y entonces, cuando ya casi amanecía, volví tranquilo y levemente satisfecho a mi hogar, donde pude lavarme, curarme sin mucho esmero las heridas y dormir. No pensé más en ello; borré aquella fatídica noche de mis recuerdos para no sentir la culpa que empezaba a escocer en mi cerebro enfermo por la psicosis; hasta hoy.

Ahora, mientras termino estas apresuradas líneas aporrean la puerta de mi casa; cuando consigan destruir mi desvencijada cerradura tendrán que atravesar la de mi habitación. Ahora siento sus gritos y pasos en el pasillo; destrozan la puerta de mi cárcel con relativa facilidad. Estoy desnudo frente al ordenador. Por fin todo acabará como debe. Tengo más aire en otra jeringuilla, que coloco en mi cuello. Ya sí, por fin me curaré. Aquí están, y aquí os dejo mi historia…