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Réquiem por un empresario andaluz

Posted in Crítica urbana, crónica, literatura, Málaga, Uncategorized with tags , , , , , , , , , , , , , , , on junio 15, 2011 by Profesor Cicuta.

I. Semblanza del propietario

El patrón es malagueño de pura cepa. Le gusta comer, dormir y follar como al que más. Ha tenido varios hijos con varias mujeres y sigue sumando. Enamorado de la buena vida, su máxima aspiración no es otra que producir mucha plata con el culo pegado al cuero del sofá, el mando a distancia en ristre y embriagado en buen vino dulce.
Pepe es obeso, como un rinoceronte drogado y sin remordimientos. Nada le impide atraer mujeres sin mucho seso a su vera: abejas que acuden al olor de la rica miel. En Málaga, si manejás bien la billetera, te invitás a espetitos, conchitas finas y algunas botellas de Diamante, tu campeón no tiene por qué preocuparse; podrá dormir a gustito, húmedo y caliente.
El oro siempre ha sido un gran negocio, si bien hace unos años la plata estaba escondida bajo el ladrillo. Hoy tenés que vender oro; son las leyes del mercado en quiebra. De este modo Pepe se saca sus cuartos, pero nunca es suficiente. Los viajes a islas paradisiacas, el BMW, el apartamento en Pedregalejo, la mujer, la amante, los hijos de la mujer, los hijos de la amante y un largo etcétera. Qué querés chico, la dolce vita no se paga sola y cultivar gustos refinados requiere su feria: Es el eterno reto de los señores propietarios.
Pepe es sin duda un empresario aguzado: El castellano está en alza; los pinches guiris quieren aprender el español. Málaga tiene playa, tiene fiesta, tiene sol. Montar una escuela podría generar mucha pasta. Y como todas las ideas simples, funcionó. En los años de bonanza se puede vender cualquier cosa; habiendo parné, la plebe lo compra todo: Calcetines para las orejas, pantalones reversibles color fucsia, cursos de idiomas impartidos por máquinas, monos fumadores o camisetas con olor a humedad… La escuela cuajó como podría haber cuajado un puto prostíbulo, o un circo de pulgas. Pero el mérito es siempre del gobierno liberal, del infalible sistema y de la incuestionable perspicacia de Pepe el patrono: Todo cabeza.
Manual de uso: Pague seis euros la hora a los profesores, aloje a los alumnos en zulos y saquee sus bolsillos haciéndoles pagar las fotocopias; cinco mil euros por mes para la saca. Pepe es un empresario de éxito en la cresta de la ola capitalista. Pero, ¡ay!, el capital se comporta como una femme fatale y te abandona el día menos pensado. Las vacas se desinflan; Pepe no.
Año 2011 de nuestro señor: Pepe está más gordo, más tonto y más calvo. Es hora de aplicar los milenarios conocimientos del empresario andaluz transmitidos de padres a hijos desde los gloriosos años del caudillo: ¡Arriba España!

II. El negocio redondo

Pepe quiere vender la escuela. La compra-venta de oro va viento en popa a toda vela. El caduco hipopótamo se ha cansado ya de bregar con agencias, buscar alojamientos, pagar a profesores y acreedores varios. La crisis impone su imperio. Trabajar siempre ha sido de pobres y Pepe no lo es, o al menos no lo aparenta.
Pepe no quiere renunciar a la escuela. La compra-venta de oro zozobra. El buda sin karma está cansado del trabajo de gestor pero no tiene otro asidero. Las deudas se acumulan, la mujer huye, la amante ignora el percal y se convierte en la primera dama. El orondo genio de la lámpara delega poderes en sus históricos –dos maestros del idioma de mediana edad que llevan varios años sin ver un duro–; la academia mantiene sus servicios; los alumnos comienzan a llegar de nuevo; con cuentagotas.
Pepe ha vuelto a la escuela, sin otro motor para su bolsillo. El náufrago está, si cabe, más perdido todavía que cuando tenía treinta años y se comía el mundo, a las suecas, los espetos, los langostinos y cuatro kilos de mejillones: Más cebado y más acémila; con más hambre, menos ganas de coscarse y prendado del lujo y el boato; pura Málaga cañí.
Pepe tiene un método infalible para triunfar en los negocios. Los empresarios invierten, arriesgan su monedero. Luego obtienen sus beneficios –siempre poco, muy poco–. De éstos hay que empezar a restar los gastos fijos: sueldos de empleados –hijos de mala madre, querer cobrar por el trabajo–, mantenimiento de instalaciones, acreedores varios, luz, alquiler del local, etc. Si obtenés diez mil, pongamos por caso, de beneficio, hay que empezar a restar y al final, qué te queda: Una mierda como el sombrero de un picador. Ni tenés para el auto, ni para el restaurante, ni para Ibiza, ni para champaña, ni para un carajo. Las mujeres dejan de sorberte el glande y Pepe es un osito triste.
Invirtamos el proceso pues: El empresario avezado del sur invierte su plata, pero lo mínimo. Se lucra, cuanto más mejor –Adam Smith era un sabio–. ¿Cuánto es lo que necesito para mi vida desenfrenada? Tres, cuatro, cinco mil euros. Tomalos, sin que te tiemblen las carnes fláccidas. Ya se pagarán las deudas, algún día –o no–. Es que los empleados no cobran sus horas –la esclavitud resolvería el problema del paro–; es que nos cortan la luz –que los profesores y alumnos traigan velas–; es que la fotocopiadora no funciona –las copias se hacen en casita o a mano–. No hay Internet, ni papel higiénico, ni limpiadora, ni rotuladores, ni… Ni alumnos, ni profesores, ni academia.
Pepe lloraría desconsolado sobre el hombro de otros empresarios andaluces. El gobierno debería ayudarnos, el sistema es asfixiante, reforma laboral ya, despido libre ipso facto, que viva el liberalismo y arriba España una y libre.

III. La ficción parcialmente imposible

Manolo es profesor en una escuela: Un pobre escuincle inexperto escupidito recién del paraninfo. El invierno ha sido duro –hambre, soledad, esclavitud–, pero ha llegado el sol, las flores, la brisa del mar, el estío que con su mano cálida mece una esperanza. El joven ama su idioma, su cultura –a ratos–, la literatura –herencia de sus ancestros–, el arte y, por encima de todo, su profesión. No es mal muchacho; nunca hizo daño a una mosca. Quizá rompiera algún plato, pero no consta en ningún registro serio.
Manolo es un maestro del idioma, escribidor, diletante poeta, frugal en sus vicios y aficiones. Comparte un loft, paga religiosamente su alquiler, bebe su cerveza sin moderación alguna y ajusta sus cuentas cual si fuera un mago capaz convertir el pan en cecina. Enjuto, chaparro, algo atractivo pero no demasiado; vitalista con la faltriquera llena, estoico cuando no queda otra, Manuel goza con su docencia como un perro al que quitan pulgas.
Sabido es lo peligroso de trabajar en lo que a uno le gusta; pareciera que no te importe hacerlo gratis. Pero todos tenemos que pagar techo, más o menos cómodo, y vitualla. El futbolista, el actor, el músico, hasta el cura –o el rey– cobran por sus servicios, sean éstos cuales sean. ¿Por qué no habría de hacerlo un profesor de español? Pepe no opina lo mismo. Ignorante de la cultura antigua y de la historia colonial de los siglos precedentes, la morsa gruñe con gemidos de añoranza por aquellos tiempos en los que no era necesario, ni siquiera pertinente, remunerar a los parias por su trabajo.
El negocio hace aguas; mal gobernado, se hunde como el Lusitania. Apenas se ingresan unos miles de euros. Aun así, el tragaldabas con tez de cocho tiene hambre y sed; además ansía ver el fútbol en tele de plasma, y no vivir tan lejos de la playa, y comprar piedras preciosas a su Cleopatra, y comer caviar en una patena de oro.
Pepe mete la mano en el cajón un día sí y otro también; no deja títere con cabeza. Ignora que puede sobrevenir el trance en el que el hambre y la carestía actúen como la luna con el licántropo. Todos llevamos un lobo dentro y con gazuza es si cabe más fiero. Un mes lo puede soportar hasta el más menesteroso, tirando de parentela; dos meses ya se va aflojando la condescendencia; con tres ya no queda más paciencia en el morral. El estoicismo tiene sus límites; hasta Zenón sabía esto.
Manolo ha gastado toda la flema de que disponía. En sus ojos hierve el fuego del infierno; sonrisa torva, rictus de vesania. El oro fastuoso de Pepe inflama su ira contenida durante meses. Las jactancias, las falsas excusas de petimetre cuatrero perfumado de Dolce & Gabbana; las tretas de embaucador, el llanto de un malnacido con corazón de buey. Lo siento, no hay dinero –sólo para mi solaz de elefante sarnoso–. El patrono andaluz sigue las tradiciones de su estirpe: Que trabajen los parias, y por la gorra.
Manolo prepara una jeringa con una dosis letal de insulina. Basta con pillar a la marsopa aletargada tras una copiosa pitanza y nadie jamás sabrá que fue asesinada por un profesor de lengua hispana; sin blanca y en el paro.

Anatolio Cocuyo Carbunco.

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Anatolio Cocuyo Carbunco.

Posted in crónica, literatura, poesía, Uncategorized with tags , , , , , , , , on octubre 28, 2010 by Profesor Cicuta.

Anatolio Cocuyo Carbunco, más conocido como “Cocu”, es un poeta, articulista y escritor nacido en Argentina en 1979, más concretamente en el departamento de Santa Catalina, situado en la árida provincia de Jujuy, al norte del país.

Su padre, Alfonso Cocuyo Vallejo,  fue un acérrimo disidente contra el peronismo imperante en Argentina, y el poeta sufrió el nefando gobierno de Carlos Menem, por lo que toda su familia tuvo que huir, arruinada, a Paraguay en 1989, para no volver jamás, cuando sólo contaba diez años de edad. Su familia se encontraba siempre cambiando de domicilio a cada instante, debido a los continuos cambios de trabajo de su padre. De este modo, su madre, Carmen Carbunco Carmona, fallecería en 1996 de un cáncer de pulmón no diagnósticado hasta una semana antes de su muerte, en alguna aldea perdida de Bolivia mientras su padre pastoreaba un rebaño de alpacas; dicha experiencia lo trastornaría sobremanera y provocaría en el poeta un estado mental irreversible, cercano a la locura.

Empezó a escribir poesía alrededor de los catorce años para abandonar dicha actividad cinco años después, ante la indiferencia que provocaron sus versos en el público de habla hispana durante aquella época y la pasividad de las editoriales españolas y latinoamericanas. De aquella producción no se conserva absolutamente nada, puesto que el autor, hundido por su fracaso,  regaló sus versos a su primera mujer, Mary López, la cual prometió conservarlos hasta que llegara algún editor dispuesto a darles difusión. Ésta, tras el divorcio, se deshizo de todos ellos, “por despecho”, según palabras del poeta; se cree que los quemó. Él mismo afirmaría en una conversación con amigos españoles: “Como si jamás hubiera escrito poesía, total, no se perdió nada; es más, ni la he escrito nunca, ni lo haré”.

De vida errante y nómada, sólo sabemos que el autor padeció innumerables penurias (hambre, frío, soledad e indigencia). Anduvo por aldeas perdidas de Bolivia, Chile, Perú, Colombia, Brasil y Venezuela, se cree que trabajando de pastor, lavaplatos, carnicero, mozo de carga y camarero, entre otros. Poco o nada se sabe de su vida por entonces, pero fue en aquella época cuando contrajo una grave enfermedad (lupus discoide) que le ha desfigurado la cara y lo ha obligado a recluirse desde 2002. En 2005, además, se le ha diagnosticado un grave trastorno mental, fruto quizá de su vida azarosa y de la enfermedad que lo consume y lo mantiene trastornado. Adicto a las drogas (láudano y morfina) y al alcohol, vive recluido en algún lugar de la costa mediterránea (se cree que en Cádiz, Almería o Málaga) solo y apartado de todo el mundo, tan solo acompañado de una mujer oriental de la que nada se sabe. Nunca habla con nadie, no tiene apenas amigos y lo que escribe, o bien lo publica en Internet bajo pseudónimos varios, o bien lo regala a algún amigo o conocido para que sean ellos los que lo publiquen y quienes firmen las creaciones.

Ha publicado artículos en periódicos y revistas digitales de reducida difusión y ha retomado recientemente su producción poética. Ha escrito también algunos microrrelatos, cuentos y narraciones cortas, todavía inéditas y poco difundidas. Los editores de todo el panorama editorial hispano lo repudian o ignoran por el carácter polémico y underground de su obra, la sociopatía paranoide de su personalidad, sus trastornos mentales y su carácter irascible y desequilibrado.

De cualquier modo, uno de sus poemas, “La anécdota”, ha tenido un éxito sin precedentes entre los jóvenes de la cultura underground en el noroeste de Argentina, ganando el “I Premio de Poesía Villera de Abra Pampa”.

“La anécdota” es un poema que trata sobre la fugacidad de las relaciones humanas, el interés económico, la fama, el éxito y el materialismo. De estructura caótica, introduce algunos ripios fáciles típicos de la cultura popular y otros versos sueltos. En él podemos ver reflejado el pesimismo y la apatía en la que vive su autor.

Anatolio sigue escribiendo y publicando sus obras en la red. Utiliza casi siempre el pseudónimo “Anónimo”, debido a su admiración por el Lazarillo de Tormes (“la mejor novela corta jamás escrita en lengua castellana”) aunque este poema sí lleva su rúbrica.

“La anécdota”. Por “Cocu”.

…no van a responder, ya te lo advierto.

Y si se vacía, incierta, el arca

te quedarás solo.

Si fruncís el humor sandino

lo verás del mismo modo.

No nos mojes con lágrimas el tiempo

ni disturbes bacanales

con tu llanto sardónico.

Mejor traé a Baco y flor de adormidera

y que tus dolores de cabeza

los aguante otro que quiera.

Quedate en tu jaula de ladrillo

cuando falte, ¡ay! ¡qué sonido!

la música metálica

de tu vil y raído bolsillo.

Ahorrate la síncopa en el pentagrama.

Desafiná, por favor, para otro.

Vení cuando seas héroe

y no un viejo juguete roto.

La fiesta huyó con el hambre,

te lo he dicho ya,

con ropas nuevas que huelen

a humana vanidad.

Nunca digas solo, nunca,

hoy eso está prohibido.

Aunque tu sueño no exista

aunque te resistas

seguí por ahí,

de la muerte la pista.

Rimá algo bueno si podés,

grabalo a fuego en el papel;

quizá haya alguien que escuche

al otro lado.

Y, sonso, dilo ya, no esperemos más:

eso podría funcionar.

La palabra anécdota

no es tan fácil de rimar.

Y eso fuimos: una anécdota.

…no van a venir, ya te lo digo.

La gorgona. “Cocu” (2006)

Posted in literatura, Paranoia, poesía, Uncategorized with tags , , , , , , , on octubre 16, 2010 by Profesor Cicuta.

Hace siglos fui petrificado

por una vesania de gorgona;

qué triste laberinto de tormentas

y cuánta sangre en vano derramada.

Eones han pasado, vestido de ceniza,

desde que prendiera la ponzoña

de unos achares infectos de amorío,

de una enfermedad drogada de delirio

de una herida supurada y mordiente.

Mas llegó un otoño incierto y dorado

en que pude ver el sol frío de atardecida

teñir de rojo mis manos hueras y ateridas.

Guio entonces Perseo la empuñadura

de mi espada vindicadora,

deshice así el ovillo infame

que yugulaba mi alma impía.

Libre ya de dos ojos de gorgona

exhalé el veneno atávico

de su nombre virginal y orate.

Hoy la Biblia ardería, plena de tinieblas,

si rajara su nombre el aire.

Soy inmune a los ojos de gorgona

y luzco altiva su cabeza inerme

cuando canto, a la luna, la era nueva,

nacida del candor de una espartana.

Acá yace la testa inerte, ya sus ojos no son magia;

ha nacido de su muerte: luz, esperanza y savia.

Anatolio Cocuyo (2006)

Íncubo.

Posted in literatura, Paranoia with tags , , , , on octubre 24, 2009 by Profesor Cicuta.

El profesor Mr. Monmouth puso fin a su clase después de casi dos horas de soporíferas teorías sobre literatura artúrica, que a ningún alumno parecía interesarle en lo más mínimo. Los ojos de los estudiantes se cerraban despacio para volver a abrirse súbitamente con una sacudida violenta de cabeza.

– “Tendrán que entregar el trabajo sobre la figura de Merlín el jueves a primera hora”- sentenció el anciano catedrático de barba amarillenta y figura corva-. “Aquél que no lo entregue en su momento estará suspenso”.

Lorena se precipitó, ahora parecía más despierta, hacia la salida en busca de algún estímulo que la sacara de la ampulosa monotonía universitaria. La puerta del aula se transformó en una suerte de zoco bullanguero y la euforia se apoderó de los más de cincuenta alumnos que cursaban la asignatura de literatura inglesa medieval. Los planes para la noche del jueves se convirtieron en el único objeto de discusión en el campus a esas horas. La sobredosis hormonal de la muchachada era patente y sólo podían centrar su atención los unos en los otros; miradas furtivas, sonrisas, roces y mucha parla, ése era el juego de cortejo en el que casi todos participaban. El instinto animal bullía en sus jóvenes cuerpos adolescentes.

-“¿Sabes si vendrá Bruno a lo de esta noche?- quiso saber Lorena.

– “Que sí, pesada, vendrá” – contestó su compañera Lucía. -“Su novia le montará luego el pollo pero aparecerá, no te preocupes”.

Lorena miraba a su compañera con los ojos vidriosos de congoja. Lucía conocía el sufrimiento que padecía su amiga, que se había enamorado perdidamente de un chaval tan guapo y sexy como arrogante y engreído.

Bruno había besado a Lorena en la última fiesta universitaria y desde entonces la pobre chica no había dejado de suspirar por él, a pesar de ser un chico ennoviado desde hace seis años y con una fama de truhán e infiel conocida por todos aquellos que lo trataban. Bruno poseía una belleza poco corriente pero arrebatadora en extremo. De padre italiano y madre rumana, presentaba las facciones y el físico típico de los naturales del este europeo. El pelo lacio y castaño le caía sobre el lado derecho de su pálida cara. Sus ojos, rematados con largas pestañas, revelaban un  iris aguamarina que cautivaba hasta a las profesoras más vetustas del campus. De cuerpo esbelto y bien torneado su planta era la de un Alejandro Magno dispuesto a conquistar los corazones femeninos más inexpugnables. Si a todo esto le añadimos el carácter latino propio de los napolitanos, el resultado no es otro que el de un hombre cuyo único objetivo en la vida es encandilar a las hembras de su especie: Seducirlas, conquistarlas, amarlas y abandonarlas. Al final, nadie sabía el porqué, siempre volvía al lado de su novia de toda la vida –“la única” como él la llamaba-, la cual le perdonaba todos sus deslices y acababa por otorgarle la última oportunidad; treinta y tres últimas oportunidades en los últimos cuatro años. Quizá ese fuera el único secreto para mantener al lado a un hombre de una belleza divina, y deseado por todos: El indulto.

La fiesta tuvo lugar el jueves a la noche y Bruno no apareció. Se ve que su novia consiguió amarrarlo, al menos por esta vez. Lorena se marchó pronto a casa bastante decepcionada.  Debía empezar a preparar el dichoso trabajo de clase. Sabía que su desazón no la dejaría concentrarse, pero no tenía nada mejor que hacer. Su asistencia a la fiesta dependía sólo de la presencia de Bruno y nada allí era de su interés. Tener la mente ocupada podría ayudarla a olvidar sus cuitas sentimentales.

Incubo 9.0

Incubo 9.0

A Lorena no le gustaba demasiado la literatura medieval, pero de entre todas las asignaturas a las que podía optar, era la menos aburrida, o eso le pareció en un principio. No obstante, ahora se arrepentía de haberla elegido pues el profesor Monmouth no era fácil de contentar. Aparte de no admitir el absentismo bajo ninguna circunstancia y de no permitir réplica alguna tras sus eruditas e interminables peroratas, no dejaba de ordenar trabajos: Uno cada semana; obligatorios para aprobar la asignatura. Luego llegaría el examen y tras él la frustración, ya que el senil profesor tenía fama de muy suspendedor. “Este Monmouth es un hueso, el muy hijode…”, pensaba Lorena mientras ojeaba uno de los inmensos manuales que debía emplear para su ensayo.

“… Merlín fue engendrado por un demonio, concretamente un íncubo, llamado Asmodeo, un espíritu corrompido que se unió ilícitamente con una monja.”

“¿Qué diantres es un íncubo?”, se peguntaba la estudiante, ahora sí, más interesada en la figura de Merlín, el mago más famosos de la historia, hijo de un demonio adicto al sexo con religiosas.

“Íncubo es un demonio masculino (súcubo el femenino), según la creencia popular europea, que mantiene relaciones sexuales con mujeres durmientes sin que éstas puedan evitarlo. La tradición religiosa sostiene que tener relaciones sexuales con un íncubo puede resultar letal para la víctima. Éstas viven la experiencia como en un sueño sin poder despertar de él. Durante la Edad Media ha sido una explicación recurrente para embarazos no deseados”.

Lorena empezaba a interesarse por el asunto del demonio fornicador. No en vano ya contaba con diecinueve años y sus apetitos sexuales crecían en progresión geométrica. Sin embargo aún era bastante inexperta en estas lides; todavía era virgen. Sólo una vez estuvo a punto de consumar una relación con un chico bastante avispado, pero su sentido del pudor, fruto de una estricta educación judeocristiana, la obligó a desistir a pesar de que practicó juegos eróticos que excedían en mucho lo que ella conocía previamente. El deseo llegó a límites insospechados pero ella finalmente renunció al placer y provocó que el muchacho no le hablara nunca más. La convicción haber hecho lo correcto y de que aquel zángano era un cretino la ayudó a superar el trauma. No obstante a veces dudaba de sí misma y sus convicciones. La pasión es a veces un sentimiento demasiado poderoso.

Pensar en el sexo siempre conturbaba a Lorena y aunque no quería desviar su quehacer académico con ensoñaciones impúdicas sintió un irrefrenable deseo de satisfacer sus apetencias en la soledad de su habitación. Pensaba ahora en Bruno, su olor, el sabor de su saliva, joven y fresca; el tacto de su pelo sedoso y límpido; su cuerpo fundido en plata, desnudo bajo las sábanas de su cama. Lorena no pudo reprimir un sordo quejido cuando culeó en su asiento, pues notaba en su entrepierna un ardor que la hizo desistir en su empeño de continuar con el trabajo. Debía volver a la realidad y dejar de imaginar lo que no debía. “Bruno no es para mí” se repetía. Aunque algo en ella la empujaba a desear  con todas sus fuerzas que aquel dios de masculinidad perfecta la poseyera; sólo una vez, o dos, aunque luego le doliera el alma y la culpa minara su mente con el remordimiento.

Ya era tarde y necesitaba descansar. Una ducha fría antes de sumergirse entre las sábanas le haría bien. No estaba dispuesta a caer en la tentación de cometer una falta venial y ensuciar su cuerpo con una práctica que no la beneficiaba en absoluto – al menos eso es lo que les exhortaba sor Teresa cuando estudiaba en el colegio Santa María Purísima-. Se sentía ridícula cuando se dejaba llevar por sus instintos, y aunque la agonía del orgasmo la aliviaba sobremanera, luego la asaltaban los remordimientos. “Qué me ocurre; ¿qué soy una ninfómana?” La ingenuidad de Lorena era infinita, tanto como sus apetitos carnales. El deseo de que un hombre le proporcionara placer la hacía sentirse débil y vulnerable. Sólo la perspectiva de tener un novio formal la consolaba y la ayudaba a esperar la experiencia de su primer encuentro sexual, el cual debía ser perfecto, como en las series americanas. La fantasía del príncipe azul, el caballero andante, el compañero para toda la vida era su único anhelo. Entonces sí, entonces se entregaría por completo al goce supremo y podría ser todo lo obscena que quisiera. Y ya no pararía jamás de hacer el amor, pero siempre con el mismo hombre.

La noche enfrió la atmósfera. Fuera todo era quietud mientras el sueño de Lorena discurría lineal, profundo como el océano, oscuro como el cosmos. Su respiración vibraba al son que marcaban sus incipientes pechos. De pronto algo la hizo estremecer. Sentía, en un sueño pegajoso como seda de araña, que algo le acariciaba bajo la ropa; como un aliento cálido entre sus piernas. No había consciencia en su país de Oz donde la moral no existe, sólo el placer que Morfeo nos regala sin pedir nada a cambio. Así, bajo las sábanas, Lorena se debatía intentando zafarse de un sueño que la atraía profundamente pero que la aterraba al mismo tiempo. La temperatura de su cuerpo aumentaba por momentos y el caudal de su placer empezaba a empapar su ropa interior de manera alarmante.

Las imágenes de su ensoñación comenzaron a tomar forma y pudo comprobar entonces que yacía desnuda sobre un lecho de flores, con su amado Bruno, ataviado con un jubón muy ceñido que pronto abandonó su cuerpo para mostrar su piel platina y aromática. Éste la estimulaba bajo el vientre con sus habilidosos dedos y el placer se tornó tan intenso e insoportable que Lorena no pudo evitar entregar su cuerpo virginal, que ya era tomado sin contemplaciones. El viaje hacía el clímax duró unos segundos, que parecieron horas, y al final un quejido sacudió su alma que se derretía en un placer que no había imaginado que pudiera existir.

Lorena no podía despertar y no deseaba que el sueño acabara nunca, aunque entonces no era consciente de que soñaba. Mas de repente volvió a ver las paredes de su gris habitación y empapada en sudor incorporó su cuerpo para tomar aliento y recuperar la serenidad. Ahora tomó consciencia de lo que había experimentado y aunque estaba recostada en su propia cama, no pudo discernir entre vigilia y ensoñación. Cuando quiso salir del lecho para tomar algo de agua, sintió cómo una mano grande y huesuda la asía de su frágil cuello y la obligaba a adoptar de nuevo la posición horizontal. Ahogó un grito que nadie pudo oír, pues su garganta no emitió sonido alguno. Sólo tuvo la opción de entregarse, sumisa e indefensa, a los deseos de ¿un hombre, un espíritu?, que aunque no era Bruno, poseía un atractivo aterrador e irresistible.

El ser que la violentaba y deleitaba, estimulando todos los rincones de su joven cuerpo, no parecía humano. Su lengua parecía eléctrica y la energía que nacía de ella se extendía desde el monte de Venus hasta los dedos de los pies. La chiquilla no oponía ninguna resistencia aunque su cerebro daba órdenes precisas de resistirse a semejante desenfreno sin límites con un desconocido que ¿era real o imaginado? Por fin, cuando el amante insaciable parecía tener intención de darle un respiro y como si le adivinara el pensamiento, le habló, con una voz de violoncelo, seductora y varonil:

– “Soy tu íncubo, y no puedes hacer nada; sólo entrégate a mí y sé mía por esta noche.”

Aterrorizada, Lorena intentó en vano zafarse de la atracción que el demonio ejercía sobre ella. Pero pronto comprobó que era imposible resistirse a un amante tan seductor y bello como aquél. Deseaba saber si soñaba o todo aquello era verdad, pero el íncubo no volvió a emitir palabra alguna. Y cuando ella quiso protestar, un ariete cálido y jugoso obstaculizó la vocalización inquisitoria de la muchacha. De este modo no pudo dejar de succionar la carne que le robaba el sentido. Entonces la excitación recobró su ímpetu y ya nada importaba más que entregarse al goce supremo que, tras diez orgasmos ininterrumpidos, que parecieron millones, la dejó exhausta para el resto de la noche.

Al día siguiente cuando despertó, se sentía completamente trastornada. Retiró las sábanas y se encontró desnuda sin saber muy bien qué le había ocurrido exactamente. Recordaba su sueño con Bruno y todo lo que siguió después. Mas no sabía si realmente había sido violada en su propia casa, algo poco probable porque la villa en donde vivía con sus padres y hermanos estaba bien protegida, o fue todo fantasía.

No comentó el suceso con nadie ya que la avergonzaba demasiado. Pero sí indagó para saber si alguien de su familia había percibido algo excepcional aquella noche.

-¿Por qué lo dices, cariño? – preguntó su padre algo distraído -. ¿Tú has notado algo extraño?

Lorena faltó ese día a clase porque no se encontraba demasiado bien. Tenía algunas décimas de fiebre y presentaba un aspecto bermellón en las mejillas que preocupó a sus padres. Aprovechó entonces para retomar su trabajo sobre Merlín e investigar más acerca de los íncubos y sus acciones; se estaba volviendo loca si creía que su experiencia nocturna respondía a la acción de un íncubo. La existencia de los demonios que violaban vírgenes no pasaba de ser una leyenda medieval, fruto de la mentalidad timorata y fanática del medievo. ¿Qué había ocurrido entonces?

Cuando quiso tomar una ducha comprobó, además, que sus labios estaban algo irritados y eso sólo podía deberse a una cosa.  ¿Había sido tomada realmente por un íncubo? Jamás lo supo con certeza. Pero todo apuntaba a que así fue.

Los días pasaron y Lorena volvió a la normalidad. Pero nunca dejó de pensar en su gozosa experiencia onírica, o real; ya no le preocupaba su naturaleza. Sea como fuere, Lorena dejó de sentir esa inseguridad y recelo respecto al sexo. Lo único que deseaba con todas sus fuerzas era experimentar el sumo deleite de ser poseída a todas horas y en todo momento. Y esta vez no por un hombre sólo.

El loco. Khalil Gibrán. جبران خليل جبران

Posted in literatura, Paranoia, poesía, Uncategorized with tags , , , , , , , on diciembre 11, 2008 by Profesor Cicuta.

Me preguntáis como me volví loco. Así sucedió:
Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras, sí, las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado y que llevé en siete vidas distintas; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:
– ¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!-.
Hombres y mujeres se reían de mí y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:
-¡Miren es un loco!-.
Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro y mi alma se inflamó de amor al sol y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance grité:
-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!-.
Así fue que me convertí en un loco.
Y en mi locura he hallado libertad y seguridad: la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.
Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.
Khalil Gibrán. El loco.