Archivo para octubre, 2009

Íncubo.

Posted in literatura, Paranoia with tags , , , , on octubre 24, 2009 by Profesor Cicuta.

El profesor Mr. Monmouth puso fin a su clase después de casi dos horas de soporíferas teorías sobre literatura artúrica, que a ningún alumno parecía interesarle en lo más mínimo. Los ojos de los estudiantes se cerraban despacio para volver a abrirse súbitamente con una sacudida violenta de cabeza.

– “Tendrán que entregar el trabajo sobre la figura de Merlín el jueves a primera hora”- sentenció el anciano catedrático de barba amarillenta y figura corva-. “Aquél que no lo entregue en su momento estará suspenso”.

Lorena se precipitó, ahora parecía más despierta, hacia la salida en busca de algún estímulo que la sacara de la ampulosa monotonía universitaria. La puerta del aula se transformó en una suerte de zoco bullanguero y la euforia se apoderó de los más de cincuenta alumnos que cursaban la asignatura de literatura inglesa medieval. Los planes para la noche del jueves se convirtieron en el único objeto de discusión en el campus a esas horas. La sobredosis hormonal de la muchachada era patente y sólo podían centrar su atención los unos en los otros; miradas furtivas, sonrisas, roces y mucha parla, ése era el juego de cortejo en el que casi todos participaban. El instinto animal bullía en sus jóvenes cuerpos adolescentes.

-“¿Sabes si vendrá Bruno a lo de esta noche?- quiso saber Lorena.

– “Que sí, pesada, vendrá” – contestó su compañera Lucía. -“Su novia le montará luego el pollo pero aparecerá, no te preocupes”.

Lorena miraba a su compañera con los ojos vidriosos de congoja. Lucía conocía el sufrimiento que padecía su amiga, que se había enamorado perdidamente de un chaval tan guapo y sexy como arrogante y engreído.

Bruno había besado a Lorena en la última fiesta universitaria y desde entonces la pobre chica no había dejado de suspirar por él, a pesar de ser un chico ennoviado desde hace seis años y con una fama de truhán e infiel conocida por todos aquellos que lo trataban. Bruno poseía una belleza poco corriente pero arrebatadora en extremo. De padre italiano y madre rumana, presentaba las facciones y el físico típico de los naturales del este europeo. El pelo lacio y castaño le caía sobre el lado derecho de su pálida cara. Sus ojos, rematados con largas pestañas, revelaban un  iris aguamarina que cautivaba hasta a las profesoras más vetustas del campus. De cuerpo esbelto y bien torneado su planta era la de un Alejandro Magno dispuesto a conquistar los corazones femeninos más inexpugnables. Si a todo esto le añadimos el carácter latino propio de los napolitanos, el resultado no es otro que el de un hombre cuyo único objetivo en la vida es encandilar a las hembras de su especie: Seducirlas, conquistarlas, amarlas y abandonarlas. Al final, nadie sabía el porqué, siempre volvía al lado de su novia de toda la vida –“la única” como él la llamaba-, la cual le perdonaba todos sus deslices y acababa por otorgarle la última oportunidad; treinta y tres últimas oportunidades en los últimos cuatro años. Quizá ese fuera el único secreto para mantener al lado a un hombre de una belleza divina, y deseado por todos: El indulto.

La fiesta tuvo lugar el jueves a la noche y Bruno no apareció. Se ve que su novia consiguió amarrarlo, al menos por esta vez. Lorena se marchó pronto a casa bastante decepcionada.  Debía empezar a preparar el dichoso trabajo de clase. Sabía que su desazón no la dejaría concentrarse, pero no tenía nada mejor que hacer. Su asistencia a la fiesta dependía sólo de la presencia de Bruno y nada allí era de su interés. Tener la mente ocupada podría ayudarla a olvidar sus cuitas sentimentales.

Incubo 9.0

Incubo 9.0

A Lorena no le gustaba demasiado la literatura medieval, pero de entre todas las asignaturas a las que podía optar, era la menos aburrida, o eso le pareció en un principio. No obstante, ahora se arrepentía de haberla elegido pues el profesor Monmouth no era fácil de contentar. Aparte de no admitir el absentismo bajo ninguna circunstancia y de no permitir réplica alguna tras sus eruditas e interminables peroratas, no dejaba de ordenar trabajos: Uno cada semana; obligatorios para aprobar la asignatura. Luego llegaría el examen y tras él la frustración, ya que el senil profesor tenía fama de muy suspendedor. “Este Monmouth es un hueso, el muy hijode…”, pensaba Lorena mientras ojeaba uno de los inmensos manuales que debía emplear para su ensayo.

“… Merlín fue engendrado por un demonio, concretamente un íncubo, llamado Asmodeo, un espíritu corrompido que se unió ilícitamente con una monja.”

“¿Qué diantres es un íncubo?”, se peguntaba la estudiante, ahora sí, más interesada en la figura de Merlín, el mago más famosos de la historia, hijo de un demonio adicto al sexo con religiosas.

“Íncubo es un demonio masculino (súcubo el femenino), según la creencia popular europea, que mantiene relaciones sexuales con mujeres durmientes sin que éstas puedan evitarlo. La tradición religiosa sostiene que tener relaciones sexuales con un íncubo puede resultar letal para la víctima. Éstas viven la experiencia como en un sueño sin poder despertar de él. Durante la Edad Media ha sido una explicación recurrente para embarazos no deseados”.

Lorena empezaba a interesarse por el asunto del demonio fornicador. No en vano ya contaba con diecinueve años y sus apetitos sexuales crecían en progresión geométrica. Sin embargo aún era bastante inexperta en estas lides; todavía era virgen. Sólo una vez estuvo a punto de consumar una relación con un chico bastante avispado, pero su sentido del pudor, fruto de una estricta educación judeocristiana, la obligó a desistir a pesar de que practicó juegos eróticos que excedían en mucho lo que ella conocía previamente. El deseo llegó a límites insospechados pero ella finalmente renunció al placer y provocó que el muchacho no le hablara nunca más. La convicción haber hecho lo correcto y de que aquel zángano era un cretino la ayudó a superar el trauma. No obstante a veces dudaba de sí misma y sus convicciones. La pasión es a veces un sentimiento demasiado poderoso.

Pensar en el sexo siempre conturbaba a Lorena y aunque no quería desviar su quehacer académico con ensoñaciones impúdicas sintió un irrefrenable deseo de satisfacer sus apetencias en la soledad de su habitación. Pensaba ahora en Bruno, su olor, el sabor de su saliva, joven y fresca; el tacto de su pelo sedoso y límpido; su cuerpo fundido en plata, desnudo bajo las sábanas de su cama. Lorena no pudo reprimir un sordo quejido cuando culeó en su asiento, pues notaba en su entrepierna un ardor que la hizo desistir en su empeño de continuar con el trabajo. Debía volver a la realidad y dejar de imaginar lo que no debía. “Bruno no es para mí” se repetía. Aunque algo en ella la empujaba a desear  con todas sus fuerzas que aquel dios de masculinidad perfecta la poseyera; sólo una vez, o dos, aunque luego le doliera el alma y la culpa minara su mente con el remordimiento.

Ya era tarde y necesitaba descansar. Una ducha fría antes de sumergirse entre las sábanas le haría bien. No estaba dispuesta a caer en la tentación de cometer una falta venial y ensuciar su cuerpo con una práctica que no la beneficiaba en absoluto – al menos eso es lo que les exhortaba sor Teresa cuando estudiaba en el colegio Santa María Purísima-. Se sentía ridícula cuando se dejaba llevar por sus instintos, y aunque la agonía del orgasmo la aliviaba sobremanera, luego la asaltaban los remordimientos. “Qué me ocurre; ¿qué soy una ninfómana?” La ingenuidad de Lorena era infinita, tanto como sus apetitos carnales. El deseo de que un hombre le proporcionara placer la hacía sentirse débil y vulnerable. Sólo la perspectiva de tener un novio formal la consolaba y la ayudaba a esperar la experiencia de su primer encuentro sexual, el cual debía ser perfecto, como en las series americanas. La fantasía del príncipe azul, el caballero andante, el compañero para toda la vida era su único anhelo. Entonces sí, entonces se entregaría por completo al goce supremo y podría ser todo lo obscena que quisiera. Y ya no pararía jamás de hacer el amor, pero siempre con el mismo hombre.

La noche enfrió la atmósfera. Fuera todo era quietud mientras el sueño de Lorena discurría lineal, profundo como el océano, oscuro como el cosmos. Su respiración vibraba al son que marcaban sus incipientes pechos. De pronto algo la hizo estremecer. Sentía, en un sueño pegajoso como seda de araña, que algo le acariciaba bajo la ropa; como un aliento cálido entre sus piernas. No había consciencia en su país de Oz donde la moral no existe, sólo el placer que Morfeo nos regala sin pedir nada a cambio. Así, bajo las sábanas, Lorena se debatía intentando zafarse de un sueño que la atraía profundamente pero que la aterraba al mismo tiempo. La temperatura de su cuerpo aumentaba por momentos y el caudal de su placer empezaba a empapar su ropa interior de manera alarmante.

Las imágenes de su ensoñación comenzaron a tomar forma y pudo comprobar entonces que yacía desnuda sobre un lecho de flores, con su amado Bruno, ataviado con un jubón muy ceñido que pronto abandonó su cuerpo para mostrar su piel platina y aromática. Éste la estimulaba bajo el vientre con sus habilidosos dedos y el placer se tornó tan intenso e insoportable que Lorena no pudo evitar entregar su cuerpo virginal, que ya era tomado sin contemplaciones. El viaje hacía el clímax duró unos segundos, que parecieron horas, y al final un quejido sacudió su alma que se derretía en un placer que no había imaginado que pudiera existir.

Lorena no podía despertar y no deseaba que el sueño acabara nunca, aunque entonces no era consciente de que soñaba. Mas de repente volvió a ver las paredes de su gris habitación y empapada en sudor incorporó su cuerpo para tomar aliento y recuperar la serenidad. Ahora tomó consciencia de lo que había experimentado y aunque estaba recostada en su propia cama, no pudo discernir entre vigilia y ensoñación. Cuando quiso salir del lecho para tomar algo de agua, sintió cómo una mano grande y huesuda la asía de su frágil cuello y la obligaba a adoptar de nuevo la posición horizontal. Ahogó un grito que nadie pudo oír, pues su garganta no emitió sonido alguno. Sólo tuvo la opción de entregarse, sumisa e indefensa, a los deseos de ¿un hombre, un espíritu?, que aunque no era Bruno, poseía un atractivo aterrador e irresistible.

El ser que la violentaba y deleitaba, estimulando todos los rincones de su joven cuerpo, no parecía humano. Su lengua parecía eléctrica y la energía que nacía de ella se extendía desde el monte de Venus hasta los dedos de los pies. La chiquilla no oponía ninguna resistencia aunque su cerebro daba órdenes precisas de resistirse a semejante desenfreno sin límites con un desconocido que ¿era real o imaginado? Por fin, cuando el amante insaciable parecía tener intención de darle un respiro y como si le adivinara el pensamiento, le habló, con una voz de violoncelo, seductora y varonil:

– “Soy tu íncubo, y no puedes hacer nada; sólo entrégate a mí y sé mía por esta noche.”

Aterrorizada, Lorena intentó en vano zafarse de la atracción que el demonio ejercía sobre ella. Pero pronto comprobó que era imposible resistirse a un amante tan seductor y bello como aquél. Deseaba saber si soñaba o todo aquello era verdad, pero el íncubo no volvió a emitir palabra alguna. Y cuando ella quiso protestar, un ariete cálido y jugoso obstaculizó la vocalización inquisitoria de la muchacha. De este modo no pudo dejar de succionar la carne que le robaba el sentido. Entonces la excitación recobró su ímpetu y ya nada importaba más que entregarse al goce supremo que, tras diez orgasmos ininterrumpidos, que parecieron millones, la dejó exhausta para el resto de la noche.

Al día siguiente cuando despertó, se sentía completamente trastornada. Retiró las sábanas y se encontró desnuda sin saber muy bien qué le había ocurrido exactamente. Recordaba su sueño con Bruno y todo lo que siguió después. Mas no sabía si realmente había sido violada en su propia casa, algo poco probable porque la villa en donde vivía con sus padres y hermanos estaba bien protegida, o fue todo fantasía.

No comentó el suceso con nadie ya que la avergonzaba demasiado. Pero sí indagó para saber si alguien de su familia había percibido algo excepcional aquella noche.

-¿Por qué lo dices, cariño? – preguntó su padre algo distraído -. ¿Tú has notado algo extraño?

Lorena faltó ese día a clase porque no se encontraba demasiado bien. Tenía algunas décimas de fiebre y presentaba un aspecto bermellón en las mejillas que preocupó a sus padres. Aprovechó entonces para retomar su trabajo sobre Merlín e investigar más acerca de los íncubos y sus acciones; se estaba volviendo loca si creía que su experiencia nocturna respondía a la acción de un íncubo. La existencia de los demonios que violaban vírgenes no pasaba de ser una leyenda medieval, fruto de la mentalidad timorata y fanática del medievo. ¿Qué había ocurrido entonces?

Cuando quiso tomar una ducha comprobó, además, que sus labios estaban algo irritados y eso sólo podía deberse a una cosa.  ¿Había sido tomada realmente por un íncubo? Jamás lo supo con certeza. Pero todo apuntaba a que así fue.

Los días pasaron y Lorena volvió a la normalidad. Pero nunca dejó de pensar en su gozosa experiencia onírica, o real; ya no le preocupaba su naturaleza. Sea como fuere, Lorena dejó de sentir esa inseguridad y recelo respecto al sexo. Lo único que deseaba con todas sus fuerzas era experimentar el sumo deleite de ser poseída a todas horas y en todo momento. Y esta vez no por un hombre sólo.